La sala del consejo guardaba silencio. Doce pares de ojos observaban a Brianna como si fuera una anomalía, un error en el tejido de sus tradiciones. El fuego crepitaba en la chimenea central, proyectando sombras danzantes sobre los rostros tensos de los ancianos. Algunos la miraban con desprecio apenas disimulado; otros, con curiosidad cautelosa.
Brianna permanecía de pie, con la espalda recta y la barbilla elevada. La sangre de Damien aún manchaba sus manos, aunque se había lavado tres veces.