El frío en la fortaleza del norte era diferente. No era el frío limpio y cortante de las montañas de Blackthorn, sino un frío húmedo que se adhería a la piel como una segunda capa, penetrando hasta los huesos. Brianna lo sentía mientras caminaba por los pasillos de piedra gris, escoltada por dos lobos de mirada vacía que la conducían hacia la cámara principal.
Las antorchas proyectaban sombras danzantes sobre las paredes, y cada paso resonaba como un latido en aquel lugar que olía a musgo, a sa