La luna sangraba en el cielo. No era roja como en las noches de eclipse, sino de un carmesí oscuro que parecía gotear entre las nubes, manchando el firmamento con heridas abiertas. Brianna lo sintió antes de verlo: el pulso de la Luna del Caos, la única noche en cien años donde las leyes naturales se invertían.
El claro del bosque estaba silencioso cuando llegó. Había elegido este lugar porque la energía convergía aquí, formando un vórtice natural donde el velo entre mundos se adelgazaba. El co