El salón del consejo nunca había parecido tan frío. Las antorchas dispuestas en círculo proyectaban sombras danzantes sobre los rostros severos de los siete ancianos, sentados en tronos tallados de madera negra. El techo abovedado dejaba ver el cielo nocturno a través de un tragaluz circular, donde la luna —aún brillante, pero con un borde ya oscurecido— comenzaba su transformación hacia el eclipse.
Brianna permanecía de pie en el centro del círculo, con la espalda recta y las manos entrelazada