El aullido de alarma rasgó la noche como un cuchillo. Brianna se incorporó de golpe en la cama, con el corazón martilleando contra sus costillas. No era un aullido cualquiera; era la señal de ataque inminente.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Era Lyra, con el rostro desencajado.
—Nos atacan. Quédate aquí —ordenó, arrojándole una daga de plata—. Si alguien que no conoces entra por esa puerta, no dudes.
Brianna sostuvo el arma con manos temblorosas. —