Capítulo 37. El caballero del ferrari.
El calor de agosto no daba tregua. Isabela Montenegro caminaba por el mercado municipal arrastrando los pies y dos bolsas de plástico que le cortaban la circulación de los dedos.
El sol del mediodía caía a plomo sobre su cabeza, arruinándole el peinado y el humor.
—Maldita sea la pobreza —masculló Isabela, secándose el sudor del labio superior con un pañuelo—. Y maldita sea la hora en que Olivia se metió con ese millonario para nada.
Se detuvo para acomodar la bolsa de las verduras, que parecí