Capítulo 38. La alianza de los rotos.
El Ferrari rojo volvió a aparecer a las cinco de la tarde, puntual como una desgracia.
El sol empezaba a bajar, pintando el barrio de un naranja sucio y polvoriento. Olivia estaba en el porche, fingiendo regar unas plantas que ya estaban muertas de sed, cuando vio el auto.
Su madre, Isabela, corrió a la ventana y saludó con la mano, sonriendo como una quinceañera.
—¡Vino a verte! —chilló Isabela desde la cocina—. ¡Ponte algo decente, niña!
Olivia se limpió las manos en el pantalón de mezc