PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.
PROHIBIDO EL PASO SR. CEO. Juego de orgullo.
Por: Jeda Clavo
Capítulo 1. Coladas en la fiesta.

El sonido de un martillo golpeando madera vieja despertó a los Montenegro. No era un golpe de reparación; era un golpe de sentencia.

Olivia bajó las escaleras de dos en dos, con los pies descalzos y el corazón en la garganta. El polvo bailaba en los rayos de luz que se colaban por las ventanas rotas del vestíbulo.

Al abrir la puerta principal, el calor húmedo de la mañana la golpeó en la cara.

Un hombre con casco amarillo y chaleco reflectante estaba clavando un cartel en el marco de su puerta.

PROPIEDAD EN LITIGIO. CROSS HOLDINGS.

Olivia no preguntó. Actuó.

Arrancó el cartel con rabia, rasgando el papel, y lo tiró a los pies del hombre.

—Nadie le dio permiso para tocar esta casa —siseó ella.

El capataz, un tipo llamado Rojas que tenía más barriga que paciencia, escupió al suelo.

—No necesito permiso, niña. Necesito que se vayan. El jefe quiere empezar a limpiar el terreno el lunes.

—¿El lunes? —Olivia sintió un frío en el estómago que nada tenía que ver con la temperatura—. Tenemos una prórroga judicial. Faltan tres semanas.

—Faltaban —corrigió Rojas, sonriendo con malicia—. El Sr. Cross aceleró los trámites. Dice que esta "ruina" es un peligro público. Tienen 48 horas para sacar sus cosas antes de que traiga las máquinas. Y créame, a las máquinas no les importan sus muebles antiguos.

—¡Quiero hablar con él! —gritó Olivia, dando un paso adelante, haciéndose grande a pesar de su estatura—. ¡Llámelo ahora mismo!

Rojas soltó una carcajada seca.

—¿Llamar a Liam Cross? —Negó con la cabeza como si ella hubiera pedido hablar con Dios—. El Sr. Cross no habla con deudores. Y menos hoy. Esta noche es la Gala de Bienvenida en el Gran Hotel. Estará demasiado ocupado bebiendo champán de ciento de dólares como para preocuparse por una casa que se cae a pedazos.

Rojas se dio la vuelta, ignorándola.

—48 horas, Montenegro. Empiecen a empacar o los saco con la policía.

Olivia se quedó parada en el porche, con el papel roto bajo sus pies y la humillación ardiendo en su piel.

—¿Oli? —La voz temblorosa de Claritza sonó detrás de ella.

Su hermana mayor estaba pálida, abrazándose a sí misma como si tuviera frío.

—¿Es verdad? ¿Nos van a echar en dos días?

Olivia se giró. Vio el miedo en los ojos de Claritza. Vio a su padre, Arturo, en el salón, limpiando sus lentes con una calma exasperante, fingiendo que el mundo no se acababa. Vio las grietas en las paredes de la casa que su abuelo construyó con sangre y sudor.

Liam Cross no solo quería la tierra. Quería borrar su historia. Y lo iba a hacer desde una fiesta de lujo, sin siquiera mirarlas a la cara.

La sangre de Olivia hirvió. No fue miedo lo que sintió. Fue un instinto asesino.

—No —dijo Olivia. Su voz salió dura, metálica—. No vamos a empacar.

—Pero dijo que Liam Cross... —empezó Claritza.

—Dijo que Liam Cross estará en el Gran Hotel esta noche —la cortó Olivia. Sus ojos oscuros brillaron con una determinación peligrosa—. Si él no viene a nosotras, nosotras iremos a él.

—¿Estás loca? —Claritza abrió los ojos desmesuradamente—. ¡Es una gala de etiqueta! La entrada cuesta lo que ganamos en un año. ¡No nos dejarán ni acercarnos al valet parking!

Olivia pasó por su lado y entró a la casa como un huracán.

—Busca el vestido verde de la abuela —ordenó mientras subía las escaleras—. Y tú ponte el azul. Vamos a ir a esa fiesta, Claritza. Y le voy a meter esa orden de desalojo por la garganta a Liam Cross frente a todos sus socios.

*****

Tres horas después, el espejo del cuarto de su madre devolvió una imagen que Olivia apenas reconoció.

El vestido de seda verde esmeralda se ajustaba al cuerpo de Olivia como una armadura. Era una pieza rescatada del baúl de su bisabuela, de cuando el apellido de su padre significaba poder. Olía a lavanda y a orgullo viejo.

A su lado, Claritza se alisaba nerviosa la falda de su vestido. Le temblaban las manos.

—Nos van a echar, Oli —susurró Claritza, mirando la entrada del Gran Hotel como si fuera la boca del lobo—. No estamos en la lista. Papá ya no pertenece a este mundo.

—Cabeza alta, Clari —ordenó Olivia, entrelazando su brazo con el de su hermana—. Si entras con miedo, huelen la sangre. Si entras como si fueras la dueña del lugar, te sirven champán.

Olivia empujó las puertas dobles.

El salón de la gala vibraba. Música clásica, risas contenidas y el brillo cegador de diamantes reales. El aire estaba cargado de perfumes que costaban más que la hipoteca de su casa.

El portero las miró. Olivia no se detuvo. Le sostuvo la mirada con una arrogancia tan perfecta que el hombre dudó, y en esa duda, ellas pasaron.

—Respira —le dijo Olivia a su hermana.

Claritza soltó el aire. Sus ojos grandes y dulces barrieron el salón con asombro. A pesar de la pobreza reciente, había nacido para brillar en ese mundo; tenía una elegancia suave que hacía que la gente se girara a mirarla.

—Quédate cerca de la barra, pide un agua con gas y sonríe —le indicó Olivia—. Yo voy a buscar al tiburón.

—Ten cuidado —suplicó Claritza—. Dicen que Liam Cross no tiene corazón, tiene una calculadora en el pecho.

Olivia sonrió. Una sonrisa afilada.

—Perfecto. Yo traigo el mazo para romperla.

Se separaron. Olivia vio cómo un par de hombres giraban la cabeza al ver pasar a Claritza. Su hermana era magnética sin intentarlo.

Pero Olivia no estaba allí para socializar. Sus ojos escanearon la sala hasta encontrarlo.

No tuvo que preguntar quién era. La presencia de ese hombre absorbía el oxígeno de la habitación.

Estaba al fondo, junto al ventanal panorámico que daba a la ciudad que él poseía. Un grupo de hombres de negocios lo rodeaba, riendo de sus chistes, buscando su aprobación, pero él parecía estar solo en medio de la multitud.

Liam Cross.

Era más alto de lo que parecía en las revistas. Llevaba un esmoquin negro hecho a medida que se ajustaba a unos hombros anchos y una postura dominante. Tenía una copa de whisky en la mano.

Su perfil era duro, cincelado en piedra. Mandíbula tensa, nariz recta, cabello oscuro peinado hacia atrás con una precisión militar.

En ese momento, como si sintiera el peso de la mirada de ella, se giró.

El impacto fue físico.

Sus ojos se encontraron a través de veinte metros de salón lleno de gente.

Los ojos de él eran grises. Fríos como el acero pulido. Inteligentes. Depredadores.

No la reconoció. No sabía que ella era la dueña de la "ruina" que quería demoler. Solo vio a una mujer con un vestido verde que lo miraba con una intensidad que nadie más en esa sala se atrevía a tener.

El estómago de Olivia dio un vuelco. No fue miedo. Fue una sacudida eléctrica. Ahí estaba el hombre que había ordenado destruir su vida sin siquiera mirar el mapa.

Avanzó. Se abrió paso entre la gente como un fantasma. De reojo, vio movimiento cerca de la barra. 

Vio a Lucas, un hombre rubio y amable que había leído, era socio de Liam; se había quedado paralizado a medio camino de un trago. 

Estaba mirando a Claritza como si acabara de ver un milagro. Claritza se sonrojó y bajó la vista, tímida. 

Bien. El socio está distraído, pensó Olivia. Ahora el jefe de jefes.

Llegó hasta el ventanal. Se paró al lado de Liam.

—Es una vista hermosa —dijo ella, mirando al frente. Su voz salió firme—. Lástima que planee llenarla de concreto.

Liam no se sobresaltó. Giró la cabeza despacio.

Sus ojos grises, la escanearon. De los zapatos, demasiado usados, al escote del vestido, demasiado vintage, hasta detenerse en su boca roja.

—La ciudad es un organismo vivo —respondió Liam. Su voz era grave, una vibración que Olivia sintió en los huesos—. Si no crece, muere. Lo viejo debe dar paso a lo nuevo.

—¿Lo viejo? —Olivia lo encaró. El impacto de tenerlo tan cerca le cortó la respiración. Era guapo de una forma dolorosa—. ¿Así llama usted a los hogares de la gente?

Liam ladeó la cabeza.

—Llamo progreso a limpiar el caos. No nos han presentado. —Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio. Olía a jabón caro, peligro y sándalo. Soy Liam Cross.

—Lo sé. Sé exactamente quién es y lo que hace.

—Y aun así, no pareces impresionada. —Liam sonrió de lado. Una sonrisa depredadora—. Eres afilada. Me gustan las cosas que cortan. ¿Quién eres?

La tensión sexual se disparó. Era innegable. Él quería saber su nombre; ella quería borrarle esa arrogancia.

—Soy la razón por la que sus máquinas no van a derrumbar mi propiedad.

La sonrisa de Liam murió al instante. Sus ojos se volvieron hielo.

—Tú... —Su tono bajó, peligroso—. Tú eres la agitadora. La del barrio. 

—Olivia Montenegro —se presentó ella—. Y no soy una agitadora. Soy una vecina. Y vine a decirle que si sus excavadoras llegan a demoler alguna casa sin orden judicial, le haré una guerra mediática que ni todo su dinero podrá tapar.

El cambio fue brutal. Liam retrocedió un paso, cerrando su saco. Ya no era una mujer deseable; era un problema.

—Te has colado en mi fiesta. Tú y... —Liam miró por encima del hombro de Olivia y vio a Lucas hablando animadamente con Claritza. 

La mirada de Liam se oscureció.

—Seguridad las sacará —dijo él.

—Hágalo. Arme un escándalo frente a la prensa. Le conviene.

En ese momento, Lucas se acercó a ellos, radiante, trayendo a Claritza del brazo.

—¡Liam! —exclamó Lucas, ajeno a la tensión nuclear—. Tienes que conocerla. Ella es Claritza. Es... fascinante. Le encanta leer, como a ti.

Claritza miró a Liam con terror. Sabía quién era.

Liam no miró a Claritza. Mantuvo sus ojos fijos en Olivia, con desprecio.

—Lucas, aléjate de ella —dijo Liam, frío—. No tienes tiempo para esto.

—¿Para qué? —preguntó Lucas, confundido.

—Para cazafortunas —soltó Liam. Su voz fue un látigo—. Se nota a leguas, Lucas. Vestidos viejos, invitación falsa y una actitud desesperada. Han venido a pescar un marido rico para que las ayude a salvar el barrio. No caigas en la trampa. Son parásitos con cara bonita.

El silencio en su pequeño círculo fue absoluto.

Claritza soltó un sollozo ahogado. Se puso pálida como la cera, soltándose del brazo de Lucas como si quemara. La humillación en su rostro era insoportable.

Olivia vio a su hermana romperse y algo dentro de ella se rompió también.

No pensó, tampoco fue una estrategia. Fue el orgullo de los Montenegro, pisoteado durante años, rugiendo en su pecho como una bestia enjaulada. El mundo se volvió rojo y su mano derecha voló.

¡Plaf!

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Silvia Guadalupe CBien merecido que se tiene esa bofetada Liam
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