Mundo de ficçãoIniciar sessãoA las ocho de la mañana, el calor dentro de la casa ya era sofocante.
Olivia exprimía la última gota de una botella de agua caliente sobre un paño para limpiarse el cuello, cuando un claxon sonó afuera. No era el rugido de una excavadora. Era el purr suave de un motor de lujo. Olivia salió al porche. Un Lincoln negro, largo y brillante, esperaba en la acera. El chofer, un hombre uniformado, bajó y le abrió la puerta trasera. —El Señor Cross la espera —dijo el hombre. No fue una invitación. Fue una citación. Olivia miró sus vaqueros sucios, sus botas gastadas y sintió el sudor bajándole por la espalda. Miró la casa: un horno sin luz ni agua. —Dígale que estoy ocupada sobreviviendo a su asedio. —El Señor Cross dijo que si sube al auto, restablecerá el servicio de agua en una hora. Olivia se detuvo en seco. Miró hacia la ventana del segundo piso, donde su madre se abanicaba desesperada. Maldito manipulador. Olivia bajó los escalones con rabia, cruzó el jardín y se metió en el auto. El aire acondicionado la golpeó como una bofetada de hielo. Olía a cuero nuevo y a dinero. El contraste con su realidad fue tan brutal que le dieron ganas de llorar, pero apretó los puños sobre sus rodillas. El viaje fue corto y silencioso. El edificio Cross Tower era una aguja de cristal que apuñalaba el cielo del centro financiero. Olivia entró al lobby ignorando las miradas de los ejecutivos y recepcionistas. Ella era una mancha de polvo y guerra en su mundo inmaculado de mármol blanco. —Piso 30 —le indicó el guardia de seguridad, sin pedirle identificación. La esperaban. El ascensor subió tan rápido que se le taparon los oídos. Las puertas se abrieron directamente en una oficina que era más grande que toda su casa. Paredes de cristal. Muebles minimalistas. Y frío. Mucho frío. Liam Cross estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a ella. —Te tardaste —dijo él, sin girarse. —El tráfico estaba pesado —respondió Olivia, caminando hasta el centro de la sala. No se sentó. No le ofrecieron asiento—. Restablezca el agua y la electricidad, Cross. Cumplí mi parte. Estoy aquí. Liam se giró despacio. Llevaba una camisa blanca, sin corbata, con los primeros botones desabrochados. Parecía cansado, tenso. Sus ojos barrieron a Olivia de pies a cabeza, deteniéndose en el hombro herido, oculto bajo la tela de la camiseta. —¿Te duele? —preguntó. —No finja que le importa. —No finjo. Me molesta que algo mío esté dañado. —Yo no soy suya. Y mi casa tampoco. Liam caminó hacia su escritorio. Tomó un control remoto y presionó un botón. Una pantalla gigante en la pared se encendió. Era un video de seguridad. Granulado, en blanco y negro, pero claro. La noche anterior. El porche de Olivia. Ella hablando con Andrés Alcázar. Liam congeló la imagen justo cuando Andrés le entregaba la tarjeta y le sonreía con esa sonrisa de lobo. Olivia sintió un vuelco en el estómago. —Así que... —Liam tiró el control sobre el escritorio. El sonido fue un disparo—. Tiras piedras a mis coches, pero aceptas tarjetas de mis enemigos. —Él se acercó a mí —se defendió Olivia, manteniendo la voz firme—. Y fue mucho más educado que usted. No trajo excavadoras. Liam rodeó el escritorio. Se movió rápido, como un animal atacando. En dos zancadas estuvo frente a ella, invadiendo su espacio vital. —¿Sabes quién es él? —siseó Liam, bajando la cara hasta la de ella—. Es una serpiente, Olivia. Te va a usar para llegar a mí. —Usted me está usando para limpiar un terreno —respondió ella, alzando la barbilla—. Al menos él me ofreció ayuda. —¿Ayuda? —Liam soltó una risa oscura, sin humor—. ¿Crees que Andrés Alcázar ayuda gratis? ¿Qué te pidió a cambio? ¿Que te metieras en su cama? ¡Plaf! La mano de Olivia voló, pero esta vez Liam fue más rápido. Le atrapó la muñeca en el aire, a centímetros de su cara. —Una vez —advirtió Liam, apretando su muñeca con fuerza, sus ojos brillando con una furia posesiva—. Te dejé golpearme una vez. No habrá una segunda. Tiró de ella hasta pegarla a su cuerpo. Olivia chocó contra su pecho duro. Podía olerlo: café, menta y una rabia contenida que la hacía temblar. —Suélteme —exigió ella, forcejeando. —¿Te gusta jugar con fuego, Olivia? —murmuró él contra su oído. Su voz bajó una octava, volviéndose ronca, vibrante—. ¿Quieres guerra? Perfecto. Te voy a dar una salida. —¿Qué salida? —jadeó ella. El corazón le latía desbocado. Liam la soltó bruscamente y retrocedió, apoyándose en el borde de su escritorio. Cruzó los brazos, mirándola con una intensidad que la desnudaba. —Cancelo la demolición —dijo Liam. Olivia parpadeó. El mundo se detuvo. —¿Qué? —Lo que oíste. Retiro las máquinas. Cancelo la deuda del banco. Restablezco la luz y el agua hoy mismo. Tu familia se queda en la casa. Nadie las toca. Era demasiado bueno. Era un milagro. —¿A cambio de qué? —preguntó Olivia, desconfiada. Sus ojos se entrecerraron—. ¿Qué quiere? ¿Las tierras del sur? ¿La firma de papá? Liam negó con la cabeza lentamente. Sus ojos recorrieron la boca de Olivia, su cuello, sus pechos agitados por la respiración. —Te quiero a ti. El silencio en la oficina fue absoluto. —¿Disculpe? —susurró Olivia. —Quiero exclusividad —dijo Liam, con el tono de quien negocia una fusión empresarial, aunque sus ojos ardían—. Te quiero en mi cama. Te quiero en mis eventos. Te quiero lejos de Andrés Alcázar. Olivia abrió la boca, indignada, pero no le salió la voz.






