El sobre reposaba sobre la cama de Clara como una serpiente dormida. No tenía remitente, solo un nombre escrito con tinta negra en una caligrafía elegante y precisa: Evelyn D'Armont.
Clara sintió que el suelo se desvanecía bajo sus pies. Sus dedos temblaron al tomar el sobre, como si el papel pudiera quemarla. Miró hacia la puerta cerrada de su habitación, asegurándose de estar completamente sola, y luego hacia la ventana, donde la tarde comenzaba a morir en tonos anaranjados.
Alguien sabía quié