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El reloj de la biblioteca marcó las seis de la tarde con un sonido que reverberó por los pasillos de la mansión Delacroix. Clara, con las mejillas aún encendidas y el corazón latiendo desbocado, condujo a Sophia de regreso al interior de la casa. Sus manos temblaban ligeramente mientras acomodaba el lazo del vestido de la pequeña, intentando concentrarse en algo que no fuera la mirada de Lord Adrian sobre ella en el jardín, o peor aún, la expresión depredadora de Victor cuando la besó en el pasi