El comedor principal de la mansión Delacroix resplandecía bajo la luz de tres candelabros de cristal que pendían del techo. La larga mesa de caoba, pulida hasta reflejar los rostros de los comensales, se extendía majestuosa bajo la vajilla de porcelana francesa y la cubertería de plata. Clara permanecía de pie junto a la puerta lateral, observando cómo los sirvientes terminaban de disponer los últimos detalles para la cena.
Sophia, sentada en una silla especial a su lado, jugueteaba con una pequ