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La mañana se deslizaba con parsimonia por los ventanales de la mansión Delacroix. Clara había terminado sus labores con Sophia, quien ahora dibujaba con esmero junto a la ventana del salón. La niña trazaba líneas precisas, deteniendo ocasionalmente su mano para observar el jardín, como si buscara capturar el vuelo de los pájaros que revoloteaban entre los rosales.

Clara se permitió un momento de contemplación. La paz que sentía al observar a Sophia era uno de los pocos consuelos que encontraba e
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