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La carta llegó con el sello de la Corona.

No era la primera vez que Adrian reconocía ese lacre rojo oscuro desde el exilio, pero sí la primera vez que sus manos tardaron varios segundos antes de romperlo. El mensajero británico, un hombre joven con librea que parecía incómodo bajo el sol toscano, esperó de pie en el umbral del estudio con la rigidez particular de quien ha sido instruido para no leer la expresión del destinatario.<

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