NOSOTROS.
VICTORIA.
La sudadera cae al suelo en un segundo. Mis manos recorren su pecho, evitando con precisión quirúrgica la zona que aún late con el dolor de los puntos, pero buscando cada centímetro de piel que me ha faltado durante esta última semana de muerte y vigilia. Maximiliano me atrae más hacia él; su piel está caliente, contrastando con el frío que he sentido en el hospital.
—Dime que esto es real —murmura contra mi cuello. Su aliento me eriza la espalda.
—Es real. Todo lo es.
Me acomodo sobr