VICTORIA.
Pasa una semana. El alta médica es oficial y el coche de la madre de Maximiliano nos espera en la salida. El chofer, un hombre serio que mantiene la vista al frente, arranca en cuanto cerramos la puerta.
El movimiento del vehículo es suave, pero Maximiliano se tensa a mi lado. Su mano, todavía algo débil, se aprieta en un puño.
—No me gusta que no encuentren a Adel —dice, con la voz aún recuperando su tono habitual pero se nota frustrado—. Sigue suelto, Victoria. Es una amenaza que no