VICTORIA.
Entramos en la oficina y el silencio es tan denso que me cuesta respirar. Maximiliano camina hasta su escritorio sin mirarnos, pero su presencia llena cada rincón con una furia contenida. Sofía viene detrás, temblando, con las mejillas todavía marcadas por mis manos y el maquillaje estropeado por las lágrimas.
—Señor Markov... por favor —balbucea Sofía, rompiendo el silencio con una voz que apenas se reconoce—. Yo... estaba fuera de mí. Fue un malentendido, yo no quería...
Maximiliano