VICTORIA.
Estoy en el apartamento que Maximiliano me dijo que podía usar y dormi ayer. Llamé a mi hermana Valentina hace una hora; necesito ver una cara conocida, alguien que no me mire como si fuera una mercancía o un estorbo. Ella es la única que sabe que mañana, finalmente, dejo este lugar para empezar el pago de mi deuda en los términos de Maximiliano.
Escucho el timbre y sé que son ellos. Al abrir, la energía caótica de un niño de cinco años inunda el pasillo.
—¡Tía Vico! —grita Enzo, lanz