Un ligero escalofrío estremeció su cuerpo. Emilia meditó por unos segundos el significado del tono de su voz. Había algo allí, algo que iba más allá de la advertencia de sus palabras.
No tuvo otro remedio que dejarlo de lado, Anya, al igual que Katerina, era una mujer muy hundida en ese mundo, nueve de cada diez palabras que decían eran una trampa, un insulto velado o una amenaza. Se recordó a sí misma que Anya trabajaba directamente para el socio de Alexander, uno que parecía haberlo traiciona