Eva
El amanecer no me trajo paz.
Las primeras luces se colaban por las cortinas de la habitación, dibujando sombras suaves sobre las sábanas desordenadas. No había dormido. Ni un maldito segundo. Y no porque Damián y yo hubiéramos hecho algo más que besarnos… aunque su boca seguía en mi mente como una maldita obsesión.
No. Lo que me tenía con los nervios en carne viva no era su cercanía física. Era otra cosa. Más profunda. Más peligrosa.
Era la intensidad con la que lo sentía. A él. A mí misma.