Eva
El silencio de la mansión me inquietaba. Había algo diferente en el aire, una densidad que hacía que cada respiración fuera más pesada que la anterior. Damián había salido hace horas, dejándome con la promesa de regresar antes del anochecer. Pero el sol ya se había ocultado, y las sombras se alargaban como dedos oscuros sobre las paredes.
Me acerqué a la ventana, observando cómo la luna se elevaba, pálida y fría, sobre los jardines. Los árboles se mecían con una brisa que no podía sentir de