38. Seducción y Peligro
—Gracias, señor Allen —respondió con serenidad, aunque por dentro sentía el fuego arder.
Se permitió mirar a cada uno de los presentes. No con prisa, sino con la calma de quien sabe que está siendo medida, evaluada, juzgada. Sus ojos delinearon rostros, viejos aliados de Santiago, oportunistas, escépticos, algunos con sonrisas cínicas que parecían desafiarla. Pero ninguno logró intimidarla.
Santiago Pavón la observaba desde su asiento. Su mirada era la misma de siempre, un cóctel de posesión