33. Una llama encendida
Shaya dejó escapar un suspiro delante del espejo, uno de esos que nacen desde lo más profundo, cuando el alma pesa más que el cuerpo. Frente a ella, la imagen que devolvía el cristal era impecable, cabello recién cortado, labios rojos, un vestido que la abrazaba con elegancia. Todo proyectaba la seguridad que había construido como un escudo. Sin embargo, cuando cerró los ojos, esa coraza se desmoronó en silencio.
Cada vez que lo hacía —cada vez que se permitía apagar el mundo por un instante—