17. La Copa Rota
La música aún resonaba dentro del salón, pero Shaya ya no escuchaba nada. Solo había un eco persistente en su cabeza, la voz de Santiago, cortante y cruel, llamándola “mujer desechada” delante de todos. Esa frase se había clavado como un hierro candente en su pecho. Era como si, en cuestión de segundos, hubiese sido despojada de toda dignidad, reducida a un simple objeto descartado, expuesto al escarnio público.
El aire del exterior fue como un latigazo helado cuando cruzó las puertas del lujos