Estoy en nuestra habitación, con una botella de whisky aferrado al retrato del día de nuestra boda, a lo lejos escucho el incesante llanto de ese ser y cubro mis oídos para no oírla más o por lo menos, aplacar su escándalo.
—¡Ya cállate, maldita chiquilla! ¡Déjame en paz!
Tomé la botella y la empiné para beber de la misma, ya no me importaba nada, ni nadie. Mi ninfa ya no estaba, su risa, sus reclamos, sus ojos deseosos cada vez que hacíamos el amor, no había nada. Su espacio vacío en nuestra c