Alma cerró los ojos un segundo, tan fuerte que la luz le dejó parpadeos blancos.
Cuando los abrió, su tono ya era el del trabajo, ese que aprendió de su padre cuando vio por primera vez cómo una puerta se cerraba en su cara por no tener el poder suficiente. La niña rica que aprendió a sonreír en hoteles de lujo que era útil en cenas, no en momentos de guerras como ahora.
—¿Dónde estás?
—En la casa de la familia Moretti.
—Ven —dijo ella—. Y escucha, te vas a presentar, con abogados, con tu porte