La noche caía con elegancia sobre la mansión de los Rossi.
Las luces cálidas del jardín trasero parpadeaban como luciérnagas ordenadas, y una brisa fresca se colaba entre los arbustos de lavanda.
Alma, vestida con un conjunto negro sobrio y casual, disfrutaba de su copa de vino bajo la pérgola. Su respiración era pausada, pero su mente no descansaba.
Pensaba en los movimientos sutiles que se tejían en la oscuridad del mundo al que pertenecía. Por un instante, deseó que todo se detuviera, las al