Cap. 45 Y me dijiste que no

Dayana tenía las lágrimas fluyendo libremente ahora. No de tristeza, sino de reconocimiento. Ese fragmento de historia no era sobre el amor romántico; era sobre identidad. Sobre la esencia de quién era ella: apasionada, honesta, irreverente. Alguien que veía la verdad y la nombraba, sin miedo.

—¿Y después? —preguntó, limpiándose las mejillas con el dorso de la mano.

—Te invité a un café —dijo Ares.

—Y me dijiste que no, que tenías que terminar un ensayo. Que si quería seguir hablando de arte, podía acompañarte a la biblioteca. Y yo, Ares Bianchi, que no pisaba una biblioteca desde la universidad, pasé tres horas mirándote tomar notas, robándote galletas de tu mochila y sintiéndome más vivo de lo que me había sentido en años.

Se levantó del sofá, no para acercarse a ella, sino para ir hacia la ventana.

—No te lo dije entonces, pero esa tarde, en la biblioteca, fue el primer día en mucho tiempo que no sentí el peso de ser quien soy. Porque tú no veías al heredero Bianchi. Veías a un ti
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Elvira PortilloSerá que Elsa cayó en el engaño de Bárbara o siempre fue su aliada quizás por envidia y celos
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