Cap. 26 Es hora
La ambulancia se deslizó por una entrada privada, lejos de las urgencias comunes. Las puertas se abrieron a un vestíbulo silencioso y esterilizado, donde el Dr. Silva y dos enfermeras más ya esperaban. No hubo preguntas. Fue un traslado fluido, eficiente, de un vehículo a un mundo controlado.
Dayana bajó, sus pies parecían moverse por voluntad propia. Los latidos del monitor fetal, que habían sonado como tambores de guerra en la ambulancia, ahora se fundían con el zumbido tenue de la clínica. Bum-bum. Bum-bum. Cada uno era un recordatorio: todavía está aquí. Todavía lucha.
—Por aquí, señora Bianchi —dijo el Dr. Silva con una inclinación de cabeza, dirigiendo la camilla de Dulce hacia unas puertas dobles. No la llamó "señora Lenz". Era un detalle pequeño, un guiño al nuevo orden.
Dayana siguió, pero una mano firme y familiar se posó en su hombro. Se volvió.
Ares estaba allí. No parecía haber dormido. En sus ojos había una tempestad contenida, pero su voz era un susurro de acero calmado