La confesión seguía flotando en el aire entre nosotros, tan densa que apenas podía respirar.
Santiago Ferrer no era un hombre fácil de leer. Siempre tenía el control absoluto de su expresión, de su tono, de cada palabra que pronunciaba. Pero esta vez, no estaba segura de qué pasaba por su mente.
¿Me delataría? ¿Se alejaría? ¿Me despediría de inmediato y me sacaría de su vida como si nunca hubiera existido?
Cada segundo que pasaba en silencio, con su mirada fija en la mía, sentía cómo el pánico