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Mis manos temblaban.

No debía hacerlo. No debía sentirme así. No debía dejar que Santiago Ferrer tuviera este efecto en mí. Pero aquí estaba, sentada en una mesa discreta en la parte más apartada de un restaurante poco concurrido, con las uñas clavadas en las palmas y el estómago hecho un nudo.

Lo había citado aquí porque no podía hacerlo en la oficina. No podía hablar de esto en un lugar donde cualquier persona pudiera escucharme. No podía correr el riesgo.

Porque lo que

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