El aire en la oficina había cambiado. No sabía exactamente cómo describirlo, pero podía sentirlo. Era diferente.
Era Santiago.
Desde mi confesión, él no me trataba igual. Ya no estaba la sospecha latente en sus ojos ni la hostilidad en su voz. Pero tampoco la frialdad con la que solía manejarlo todo.
Ahora, había algo más. Algo más peligroso.
Era como si, al contarle la verdad, hubiera cruzado un umbral invisible, uno del que no podía volver atrás.
Santiago me observaba más.
No de la forma en q