Capítulo 35

Massimo asintió con una sonrisa que Savannah nunca le había visto, completamente relajada, genuina, desarmante. Era una sonrisa que no tenía rastro de autoridad o peligro. Era solo la sonrisa de un hombre jugando con un niño.

—Perfecto, mio piccolo —dijo Massimo, poniendo el bloque donde el niño le había indicado.

La visión golpeó a Savannah con la fuerza de un puñetazo en el estómago. Era tan diferente al hombre con el que se había acostado horas antes, el que la había dominado la cama y su cuerpo, el mismo que se había aprovechado de su situación para tenerla. Este hombre era… un compañero de juegos.

Se quedó paralizada en el borde de la escalera, incapaz de bajar, de bajar o detener lo que sus ojos veían. Su corazón latía como un tambor desbocado, golpeando contra sus costillas con fuerza. Esa imagen era algo que soñó muchas veces antes de tener a su hijo, pero cuando nació y supo que siempre estaría sola, ella era la que estaría presente y la ilusión se desvaneció como el polvo.

Y
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