Massimo asintió con una sonrisa que Savannah nunca le había visto, completamente relajada, genuina, desarmante. Era una sonrisa que no tenía rastro de autoridad o peligro. Era solo la sonrisa de un hombre jugando con un niño.
—Perfecto, mio piccolo —dijo Massimo, poniendo el bloque donde el niño le había indicado.
La visión golpeó a Savannah con la fuerza de un puñetazo en el estómago. Era tan diferente al hombre con el que se había acostado horas antes, el que la había dominado la cama y su cu