Durante los días que habían pasado desde la última confrontación con Massimo, Savannah había perfeccionado un arte: esquivarlo. Si escuchaba sus pasos por el pasillo, ella se encerraba en la habitación de Mateo o fingía dormir. Si él se acercaba a hablarle, ella apartaba la mirada y fingía estar demasiado concentrada en el suero o en doblar una manta invisible. Si él la sorprendía en la cocina, iba directo a buscar agua, murmuraba un gracias seco y volvía a subir sin siquiera darle la oportunid