El aire en las tierras altas de Europa Central se detuvo de forma antinatural, como si el tiempo mismo hubiera decidido contener el aliento ante una blasfemia que la realidad no estaba preparada para procesar. En el centro de una ciudad fronteriza reducida a escombros humeantes, Silas Valerius se detuvo en seco. Sus ojos, ese azul eléctrico cargado con la estática de milenios, se fijaron en el horizonte con una fijeza de halcón. A su lado, Elara y Yohana sintieron cómo sus propias venas ardían