El firmamento sobre las Montañas Rocosas se fracturó con un estruendo que no pertenecía al mundo físico, sino al tejido mismo de la creación. No fue un rayo, ni una explosión convencional; fue el sonido de una membrana universal siendo rasgada por manos divinas. La luz violeta y platino del Cuarto Cielo, Zebul, se derramó sobre las cumbres nevadas, fundiendo el hielo instantáneamente y convirtiendo el aire en un torbellino de estática sagrada. El descenso de la Tríada no fue un aterrizaje, fue