El mundo ya no era el mundo. Las Montañas Rocosas se habían convertido en un altar de dimensiones fracturadas, donde el cielo se desangraba en tonalidades violetas y la tierra vomitaba el humo negro de los abismos. El aire era una amalgama de ozono, incienso celestial, azufre y el aroma ferroso de milenios de sangre derramada en un solo instante. No había tregua, no había piedad; solo la inercia de una guerra que buscaba decidir si la creación se plegaría ante los antiguos señores o ante la nu