La Ciudad de México a finales de los años noventa y principios de los dos mil era un monstruo de asfalto que devoraba los sueños de los hombres, pero para dos niños que no encajaban en el molde de la humanidad ni en el de sus propias especies, era un laberinto de oportunidades y peligros. El Santuario de los Huesos, esa fábrica de textiles abandonada en los límites de la zona industrial, seguía siendo nuestro búnker de lámina y óxido.
Recuerdo que ese día el cielo tenía el color de un moretón