El vapor de la gruta aún respiraba sobre sus cuerpos, una neblina densa que olía a azufre dulce, sexo y ozono. El silencio en el santuario de cristal no era una ausencia de ruido, sino una tregua física que el universo les había concedido tras la tormenta de placer. Natalia permanecía recostada contra el pecho de Cristian, sintiendo el latido sordo de su corazón de lobo, mientras Nama, entrelazada a ellos, jugaba con un fragmento de cristal térmico. Pero la paz, en su mundo, siempre era el prel