El parque era un cementerio de juegos oxidados y pasto seco, un no-lugar donde los niños rotos íbamos a escondernos de nuestras propias casas. Siete años. Esa fue la edad en la que descubrí que los monstruos no viven debajo de la cama, sino que duermen en la habitación de al lado. Para mí, el monstruo olía a vino caro y despreciaba mi "excesiva humanidad". Para él, el monstruo olía a aguardiente y a la rabia animal de un Alfa que no aceptaba a un cachorro "defectuoso".
Esa tarde, el frío calab