El cielo sobre las Montañas Rocosas había dejado de ser una bóveda de aire para convertirse en una herida abierta que supuraba las frecuencias del conflicto universal. La nieve, antes blanca y pura, era ahora un lodazal de sangre carmesí, icor negro y fragmentos de alas plateadas que caían como lluvia muerta. El aire pesaba tanto que cada inspiración era un acto de voluntad, cargado con el olor a ozono, azufre y la inconfundible fragancia de la divinidad herida. En el epicentro de este caos, l