La señora Nidia observaba a sus hijos, su rostro imperturbable. No quería entrometerse en la vida personal de nadie ni mucho menos cuestionar sus decisiones, pero el comportamiento de Naomi le parecía una absurda rendición. Abandonar su casa, su matrimonio, y el futuro de su hijo por un arranque de orgullo herido era, a sus ojos, una debilidad imperdonable. Buscó una forma de expresar su sentir, un sermón disfrazado de filosofía, sin mostrarse jamás como una madre atrevida o preocupada.
— El futuro, mis niños, es incierto y fugaz. Vivimos esclavizados por el presente, pensando en lo que queremos ser mañana.— comenzó Nidia, tomando un trago largo de su cerveza. — ¿Y si ese mañana no existe? ¿Y si hoy es nuestro último día y no fuimos felices porque lo postergamos por miedo o por orgullo? ¿Por qué tenemos que ser nosotros mismos quienes nos causemos más dolor, cuando el tiempo, la vida, ya se encargarán de ello? Hay que ser egoístas con uno mismo.
Hizo una pausa dramática que captó la a