La señora Nidia observaba a sus hijos, su rostro imperturbable. No quería entrometerse en la vida personal de nadie ni mucho menos cuestionar sus decisiones, pero el comportamiento de Naomi le parecía una absurda rendición. Abandonar su casa, su matrimonio, y el futuro de su hijo por un arranque de orgullo herido era, a sus ojos, una debilidad imperdonable. Buscó una forma de expresar su sentir, un sermón disfrazado de filosofía, sin mostrarse jamás como una madre atrevida o preocupada.
— El fu