OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 86.
Salimos del hotel juntos.
No fue un gesto grandilocuente ni apresurado. Fue simple. Natural. Héctor sostuvo la puerta para mí y, cuando crucé el umbral, entrelazó su mano con la mía como si ese gesto hubiera estado ahí desde siempre, como si nunca se hubiera perdido. Su palma era cálida, firme, y ese contacto bastó para recordarme que no estaba sola, que ya no lo estaba.
La mañana en Chicago tenía un aire limpio, casi nuevo. El sol se filtraba entre los edificios altos, reflejándose en los vent