OBLIGADA A TENER EL HIJO DE MI ENEMIGO. Capítulo 47.
Abrí los ojos lentamente.
Al principio no entendí dónde estaba. Todo era blanco, demasiado blanco, como si la luz se filtrara desde cada rincón y me obligara a entrecerrar los párpados. Sentía el cuerpo pesado, como si cada una de mis extremidades estuviera hecha de plomo, y mi mente se movía con una lentitud desesperante, intentando reconstruir lo ocurrido.
El olor fue lo primero que reconocí.
Ese aroma inconfundible a desinfectante, a medicamentos, a aire artificial filtrado por máquinas. Un