OBLIGADA A PERDONARTE. Capítulo 3.
Sebastian me mira como si no entendiera nada.
Hay un segundo, uno solo, en el que creo ver algo distinto en su expresión. Confusión real, quizá. O tal vez sorpresa. Pero dura tan poco que enseguida lo reemplaza por esa máscara perfecta que siempre supo usar. Relaja los hombros, ladea apenas la cabeza y frunce el ceño, como si yo estuviera hablando en un idioma que no comprende.
—No sé de qué estás hablando —dice—. Creo que me confundes con alguien más.
La mentira cae pesada entre nosotros.
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