Capítulo 28
Me separé al instante de él, ruborizada y sin saber que decir. Me llevé los dedos a los labios, tocando dónde él había depositado los suyos y no paraba de sonreír, alegre, entusiasmado. Puse un brazo como barrera al notar que Sebastián se lo quería llevar por encima, colocando mí brazo en su abdomen.
Lauter palideció al verlo y aquella alegría se vio remplazada por la ira.
—¡No, maldición!—grité, al ver qué ambos pretendían molerse a golpes.
—¡La secuestraste por un año maldito hijo