Y con esas palabras había tensado la cuerda.
Su esposo, quien antes no le prestaba ni un gramo de atención, ahora parecía acecharla y vigilarla todo el tiempo.
Sus ojos estaban entrecerrados cada vez que se centraban en su persona y se había aparecido en los ensayos más veces de las que pudiera haber contado.
—Víctor, toma asiento. Me estás poniendo nerviosa —le había dicho Madame Vance, quien ya se sentía un poco harta de su comportamiento. No era la primera vez que irrumpía en los ensayos y,