No existió tal cosa como una luna de miel.
Su esposo la llevó al departamento que compartirían de ahora en adelante y la dejó allí en medio de la sala como si fuera un mueble.
—¿A dónde vas? —quiso saber cuando le dio la espalda, mostrándose completamente inaccesible.
—Tengo trabajo que hacer —la miró por encima del hombro—. Y, solo para que lo sepas, no me gusta que me controlen. Así que ahórrate las preguntas de ahora en más.
—¡Soy tu esposa, no puedes tratarme así!
—¿Adivina qué? —sonrió—