Isabella no podía contener lo feliz que estaba. Había ganado; había dejado a Alejandro entre la espada y la pared. Ahora se vería obligado a verla cada vez que viniera a visitar a la niña y esa tonta idea de quitársela no funcionaría.
Cerró la puerta de la habitación de Kiara, encontrándose con su hija ya acostada en la cama. Tenía el cabello negro extendido sobre la almohada y los ojos grises cerrándose lentamente.
Se sentó al borde del colchón, como hacía cada noche; aunque en esta noche