Lo sostuvo como pudo mientras lo llevaba al baño. Alejandro era enorme —más de un metro ochenta de puro músculo—, y ella, con su metro sesenta y algo, se sentía como si estuviera cargando un mueble muy pesado. Él se tambaleó varias veces, apoyándose en su hombro, mientras murmuraba cosas incoherentes entre risas que no tenían sentido.
Lo metió a la ducha con dificultad, casi cayendo ambos cuando él tropezó con el borde.
—No te caigas —lo empujó contra la pared de azulejos, manteniéndolo en p